En México tenemos talento para adaptar cualquier cosa, incluso el mar. Así como muchos presumen su “Acapulco en la azotea” con una alberca inflable, una bocina y toda la actitud, Querétaro decidió ir un paso más allá y tener su propio Acapulquito. No hace falta costa ni palmeras cuando la imaginación y el ingenio alcanzan.
Este Acapulquito no tiene olas del Pacífico ni arena marina, pero sí agua extensa, mesas junto a la orilla y una escena que remite de inmediato a un día de playa. Está ubicado en la Presa Constitución de 1917, en la comunidad de La Estancia, dentro del municipio de San Juan del Río.
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La presa funciona como eje de toda la experiencia. Frente a ella se acomodan sillas, palapas y locales donde la gente se instala por horas. Tú eliges si quieres sentarte cerca del agua o buscar sombra para quedarte observando cómo el sol se refleja en la superficie mientras pasa la tarde.
Parte de la magia del sitio está en su ambiente social. Familias completas, grupos de amigos y parejas se reparten el espacio a lo largo del día, cada quien a su manera. Algunos llegan temprano para pasar horas junto al agua, otros aparecen solo un rato, pero todos comparten.
En Acapulquito, como en Acapulco, la comida no es problema. Alrededor de diez locales preparan platillos que uno asociaría más con la costa que con el semidesierto queretano. Hay tostadas de pulpo, ceviches, cócteles vuelve a la vida, campechanos, caldo de camarón, pescado frito, filetes y mojarras de buen tamaño.
¿Qué hacer en el Acapulquito de Querétaro y cúal es su historia?
Además de comer, puedes subirte a una lancha y recorrer la presa con tu grupo. El paseo te dejará ver el sitio desde el agua. Al caer la tarde, el cielo cambia de color y la orilla se ilumina de forma natural, creando uno de los momentos más buscados por quienes llegan el fin de semana.
Bajo el agua hay una historia poco conocida que casi nadie imagina al visitar la presa. De acuerdo con el cronista municipal Neftalí Sáenz, en el fondo se encuentran los restos de una iglesia del siglo XVII, parte de una antigua hacienda que ocupaba la zona antes de la construcción del embalse.
Los fines de semana el lugar sube el volumen y la tarde se llena de música. Bandas en vivo acompañan la jornada y el espacio toma forma de fiesta junto al agua, con un aire que remite al Acapulco de los años setenta, aunque sin celebridades ni reflectores. Para evitar filas, es posible reservar mesa a través de redes sociales. No existe cobro de entrada: únicamente se paga el consumo durante la visita.
Querétaro, con tan poco, nos demuestra que no necesita costa para hacernos sentir cerca del mar. Su Acapulquito no pretende competir con Guerrero, pero sí responde a ese impulso tan mexicano de recrear la playa donde sea posible. ¿Te animas a visitarlo?