A la sombra del Volcán de Fuego, en el corazón de Colima, hay un pueblo que parece sacado de una página literaria: Comala, el "Pueblo Blanco de América". Sus calles empedradas y sus casas encaladas brillan bajo el sol como si el tiempo se hubiera detenido ahí, entre buganvilias trepadoras y tejados rojos a dos aguas.
No es casualidad que Juan Rulfo eligiera este nombre para ambientar una de las novelas más importantes de la literatura mexicana, situada en la época de la Revolución y la Guerra Cristera, y cobró fama tras la adaptación en Netflix.
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Pero Comala es mucho más que un escenario literario: es un pueblo que cautiva por su identidad tan marcada y que parece sacado de una postal turística por los numerosos puntos que los turistas pueden aprovechar para sacar un foto o sentarse a descansar.
Casas blancas, calles de novela y un volcán que vigila
Basta con llegar a las calles Progreso, Capitán Llerenas o Leona Vicario para entender por qué Comala enamora a quien la visita. Los portales de piedra enmarcan fachadas blancas que contrastan con techos de teja roja, y el Zócalo —presidido por la Parroquia de San Miguel Arcángel, con sus torres del siglo XIX— reúne a locales y viajeros bajo la misma sombra.
Ahí, sentado en una banca, hay una escultura de Juan Rulfo que parece observar el ir y venir del pueblo que él mismo inmortalizó. Y siempre, al fondo, el Volcán de Fuego: uno de los más activos del país, que en días despejados deja ver pequeñas fumarolas grises subiendo hacia el cielo, como recordatorio silencioso de que la naturaleza también escribe su propia historia aquí.
Cerca, la Hacienda de Nogueras y el Museo Alejandro Rangel Hidalgo son de los puntos más visitados por los viajeros que buscan conocer el legado artístico de un pintor colimense que diseñó tarjetas navideñas para UNICEF durante décadas.
El famoso café de olla y el secreto mejor guardado de sus fondas
Si hay una postal sonora de Comala, es el tintineo de las jarras de barro sirviendo café de olla con canela, piloncillo y clavo en los portales del zócalo, mientras el pueblo despierta lentamente.
Pero la verdadera joya líquida es el ponche de granada, una bebida artesanal hecha con jugo de granada silvestre, aguardiente y azúcar, servida helada en vasitos de cristal, con variantes de guayaba, tamarindo, coco o membrillo según la receta familiar de cada fonda.
Y aquí viene la tradición que sorprende a todos los que llegan por primera vez: al pedir un ponche o un café, las fondas típicas regalan comida corrida completa, con sopitos, tostaditas, taquitos dorados y tamales, como si compartir la mesa fuera simplemente parte de ser de Comala.
Quien quiera profundizar puede recorrer la Ruta del Café, que atraviesa Suchitlán y sus tradiciones prehispánicas hasta llegar a las fincas cafetaleras donde se puede catar directamente con los productores. Para hospedarse, las haciendas coloniales restauradas —como Hacienda San Antonio— ofrecen una experiencia íntima, aunque también hay opciones más sencillas dentro del propio pueblo.
Si estas considerando visitar Comala te podemos asegurar que llegar es fácil: desde el aeropuerto de Colima son apenas 30 minutos en auto, y desde el centro de la ciudad, autobuses y combis hacen el trayecto en cuestión de minutos. Lo ideal es quedarse al menos dos noches, para leer con calma en algún portal, subir al volcán y dejar que Comala, como en la novela, se revele poco a poco.