El Año Nuevo Viejo es una de esas celebraciones que, vistas desde fuera, parecen una contradicción, pero que en Rusia y otros países de tradición ortodoxa tienen un profundo sentido histórico y cultural.
Cada 14 de enero, miles de personas se felicitan nuevamente por la llegada del año… aunque oficialmente ya hayan pasado dos semanas desde el 1 de enero que, a diferencia del Año Nuevo, no es un día festivo oficial de descanso, pero es una celebración muy querida y respetada. Además, Se considera una fiesta más tranquila, íntima y hogareña que la Nochevieja oficial, sin el ajetreo masivo de fuegos artificiales.
Año Nuevo Viejo como tradición
Para entender por qué existe el llamado Año Nuevo Viejo, es necesario mirar al pasado. Hasta antes de la Revolución rusa de 1917, el Imperio ruso utilizaba el calendario juliano, instaurado en tiempos del Imperio romano. Mientras tanto, gran parte de Europa ya se regía por el calendario gregoriano, adoptado en el siglo XVI para corregir desfases astronómicos.
La diferencia entre ambos calendarios es de 13 días. Cuando, tras la Revolución bolchevique, el nuevo Estado soviético decidió adoptar el calendario gregoriano en 1918, las fechas oficiales se ajustaron de golpe.
Así, el antiguo 1 de enero pasó a corresponder al 14 de enero en el nuevo sistema. Ese “viejo” inicio de año no desapareció del todo y comenzó a celebrarse de forma paralela como el Año Nuevo Viejo.
¿Se celebra el Año Nuevo Viejo?
Aunque el Estado ruso adoptó el calendario gregoriano, la Iglesia Ortodoxa Rusa decidió mantener el calendario juliano para muchas de sus festividades religiosas. Por esta razón, celebraciones como la Navidad ortodoxa siguen realizándose el 7 de enero, según el calendario civil, y el Año Nuevo ortodoxo se conmemora el 14 de enero.
Con el paso del tiempo, el Año Nuevo Viejo se consolidó como una festividad no oficial, pero muy querida. No tiene el carácter masivo ni el despliegue de fuegos artificiales del 31 de diciembre, sino que se vive de manera más íntima y relajada. Para muchos rusos es una segunda oportunidad para reunirse con familiares y amigos, intercambiar buenos deseos y cerrar simbólicamente el inicio del año sin prisas.
La celebración está profundamente asociada con la nostalgia y el respeto por la historia. En lugar de grandes eventos públicos, predominan las cenas en casa y los encuentros tranquilos. En las mesas no suelen faltar platillos tradicionales como albóndigas de carne, ensalada de remolacha, encurtidos de pepino y tomate, setas marinadas y otros alimentos típicos del invierno ruso.
En el ámbito religioso, las iglesias ortodoxas realizan servicios litúrgicos especiales, algunos de ellos nocturnos, donde se reflexiona sobre el año que terminó y se elevan oraciones por los proyectos y deseos del nuevo ciclo. No se trata solo de una fiesta, sino de un momento de introspección y balance personal.
Aunque Rusia es el país donde más se conoce esta tradición, el Año Nuevo Viejo también se celebra en otras naciones de tradición ortodoxa como Serbia, Georgia, Bielorrusia, Montenegro, Macedonia del Norte y Bosnia y Herzegovina. En Serbia, por ejemplo, es conocido como la “Pequeña Navidad”, ya que marca el cierre del periodo navideño.