El último turno de Maite en la torre de control no fue uno más. Después de 40 años de carrera como controladora aérea, la profesional se despedía del radar el mismo día que celebraba su cumpleaños. Todo transcurría con normalidad hasta que, en plena frecuencia, una voz conocida irrumpió en la rutina: la de su hijo, piloto comercial.
La escena, grabada y difundida en redes sociales, superó millones de visualizaciones por una razón sencilla: mostró el lado humano de una profesión acostumbrada a la precisión y al protocolo. Sin discursos grandilocuentes ni escenografías preparadas, madre e hijo compartieron unos minutos que quedaron suspendidos entre tierra y aire.
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Un mensaje inesperado en plena frecuencia
La comunicación comenzó como cualquier otra. “Buenos días, Cecilia”, se escuchó desde cabina. Ella, que identificó la voz al instante, respondió con naturalidad:
“Estabas de vacaciones”. Del otro lado llegó la revelación: “Sí. Sorpresa, sorpresa”.
No estaba de vacaciones. Había coordinado su vuelo para coincidir con el último día laboral de su madre y dedicarle unas palabras en directo.
“¿Tienes un minutito, ma? Pues nada, quería decirte unas palabrillas. Lo primero de todo, muchísimas felicidades. Hoy es un día muy especial, no solo es tu jubilación, sino que también es tu cumpleaños, así que a disfrutarlo”.
El piloto aprovechó el momento para reconocer públicamente su trayectoria: “Gracias por tu pasión y dedicación. Tres años en el Centro de Control de Canarias y 24 en el de Madrid. Gracias a tu trabajo, nuestros vuelos son más seguros”.
En una profesión donde cada instrucción puede marcar la diferencia, el agradecimiento tenía un peso especial.
“Gracias por ser nuestros ojos cuando estamos aquí arriba, sin tu trabajo no sería posible y nos haces disfrutar de una profesión tan bonita”, añadió.
El mensaje también tuvo un plano más personal, aunque sin perder sobriedad:
“Gracias por todo lo que has hecho por mí, mamá, por tu infinita paciencia, tu amor incondicional, incluso cuando no lo merecía. Gracias a eso, hoy estoy aquí”.
Cuarenta años guiando vuelos… y formando a un piloto
Desde la torre, Maite respondió con la voz emocionada pero firme. “Lo mejor, la mejor felicitación. Muchísimas gracias, hijo”, dijo.
Y cerró su etapa profesional como la vivió: con reconocimiento colectivo. “He estado 40 años trabajando y disfrutando, y deseo lo mejor para todos los que están arriba y mis compañeros que están abajo. Un millón de gracias y un millón de besos”.
Durante cuatro décadas, su labor consistió en coordinar despegues, autorizar aterrizajes, asignar rutas y mantener comunicación constante con pilotos. El trabajo de un controlador aéreo exige concentración absoluta, rapidez en la toma de decisiones y capacidad para actuar bajo presión. Es una tarea silenciosa pero decisiva para que cada vuelo llegue a destino.
Su trayectoria incluyó años en el Centro de Control de Canarias y más de dos décadas en Madrid. En paralelo, crió a un hijo que eligió la misma industria, aunque desde el otro lado del sistema: la cabina.
El intercambio por radio simbolizó ese cruce de caminos. Ella, desde tierra, guiando durante años a cientos de aeronaves; él, desde el aire, agradeciendo la guía que recibió dentro y fuera del ámbito profesional.
El video se volvió viral no solo por el vínculo familiar, sino porque permitió ver lo que rara vez se escucha: la voz detrás del radar. En un entorno dominado por códigos, números y niveles de vuelo, hubo espacio para un reconocimiento directo, breve y claro.
Sin dramatismos, el último turno de Maite terminó como empezó su carrera: en frecuencia, con profesionalismo. Solo que esta vez, antes de cerrar micrófono, se llevó algo más que una jubilación. Se llevó el agradecimiento de quienes vuelan… y, sobre todo, el de su propio hijo.