Las estaciones del Metro de la Ciudad de México no solo conectan destinos: también guardan fragmentos de historia de la capital que muchos usuarios atraviesan sin detenerse a mirar.
Uno de los ejemplos más llamativos se encuentra en los murales noventeros que decoran varias estaciones de las Líneas 8 y B, una expresión artística que marcó un antes y un después en el diseño del Metro capitalino.
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Murales noventeros del Metro capitalino
Durante la década de los años noventa, el Metro CDMX vivió una transformación profunda en su lenguaje arquitectónico y visual. Las líneas más antiguas habían apostado por un estilo funcional y sobrio, con iconografía clara y acabados simples.
Sin embargo, con la expansión del sistema y la inauguración de nuevas rutas, surgió una propuesta distinta: un enfoque industrial y contemporáneo, apoyado en materiales como el concreto aparente, el acero y, sobre todo, el mosaico veneciano.
Las Líneas 8 y B son el mejor reflejo de esta etapa. En el caso de la Línea 8, inaugurada en 1994, casi todas sus estaciones subterráneas incorporaron murales elaborados con pequeños azulejos de colores, ensamblados como si se tratara de grandes ilustraciones pixeladas.
Estaciones como Doctores, Obrera, Chabacano, La Viga, Santa Anita, Escuadrón 201, Atlalilco, Iztapalapa, Cerro de la Estrella y UAM-I se convirtieron en verdaderas galerías urbanas, con obras visibles desde los andenes.
Estos murales no son decorativos al azar. Cada diseño está vinculado con el entorno histórico, social o simbólico del lugar donde se ubica la estación. En Obrera, por ejemplo, aparecen herramientas como martillos y llaves inglesas, en alusión a la tradición laboral de la zona.
Doctores muestra siluetas médicas y utensilios clínicos; Escuadrón 201 presenta aviones militares; mientras que UAM-I destaca por un llamativo dragón de siete cabezas, una imagen que se volvió icónica entre los usuarios.
Pixel Art CDMX
El estilo visual recuerda al pixel art, una estética que comenzaba a popularizarse en los años noventa gracias a los videojuegos y la cultura digital. Aquí, cada mosaico funciona como un “píxel” de cerámica, creando figuras geométricas, colores contrastantes y escenas dinámicas que rompen con la monotonía del viaje cotidiano.
Esta propuesta fue celebrada por muchos por su frescura, aunque también generó críticas entre quienes preferían el diseño clásico del Metro.
La Línea B, inaugurada en 1999, retomó esta misma línea artística. Estaciones subterráneas como Buenavista, Guerrero, Garibaldi, Lagunilla, Tepito y Morelos también presumen murales de mosaico con colores intensos y símbolos representativos de cada zona.
En Guerrero, por ejemplo, los paneles multicolores se integran con la arquitectura del andén y cambian sutilmente de tonalidad entre estaciones, reforzando la identidad visual de la línea.
Más allá de su valor estético, estos murales cumplen una función narrativa. Cada forma, cada color y cada figura cuentan historias del barrio, del pasado industrial, comercial o cultural de la ciudad. Son piezas de arte público pensadas para convivir con el movimiento constante de trenes y pasajeros, transformando el trayecto diario en una experiencia visual.
Hoy, a más de tres décadas de su creación, los mosaicos de las Líneas 8 y B siguen siendo uno de los diseños más reconocibles del Metro CDMX. Detenerse a observarlos es una invitación a redescubrir la ciudad desde el subsuelo, donde el arte también viaja entre estaciones.