A 115 kilómetros del centro de la Ciudad de México, Tula ocupa un lugar enorme dentro de Hidalgo por el peso histórico que carga. Ahí se levantó la antigua capital tolteca, una ciudad desarrollada para ejercer control político y militar en buena parte de Mesoamérica. Lo que queda de ella nos habla de una civilización que supo organizar territorio, poder y símbolos.
En la zona arqueológica, el punto que más miradas atrae está en lo alto de la Pirámide B. Ahí se levantan los Atlantes de Tula, cuatro esculturas monumentales talladas en basalto que representan guerreros toltecas. Superan los cuatro metros de altura y mantienen una postura rígida, frontal y dominante.
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Estas figuras fueron diseñadas como columnas que sostenían el techo del templo dedicado a Tlahuizcalpantecuhtli, la manifestación de Quetzalcóatl asociada al planeta Venus. Escultura y arquitectura trabajaban juntas dentro de una misma idea simbólica. Cada atlante formaba parte de una estructura mayor creada para verse desde la plaza principal.
Por su escala y significado, los Atlantes de Tula pueden ponerse en diálogo con monumentos de otras culturas antiguas. Recuerdan a las cariátides de la Acrópolis por usar figuras humanas como soporte, y también a los moáis de la Isla de Pascua por su papel como guardianes del territorio. En distintos puntos del planeta, la piedra fue utilizada para dejar mensajes duraderos; y los toltecas eran expertos en el uso de la piedra.
Los Atlantes de Tula y el auge de la ciudad tolteca
Cada escultura está formada por cuatro secciones unidas mediante el sistema de caja y espiga, una solución técnica que muestra el conocimiento constructivo tolteca. Fueron halladas fragmentadas en 1940 durante excavaciones arqueológicas y ensambladas décadas después. El trabajo de restauración permitió devolverles su posición original en la pirámide. El resultado sigue siendo imponente.
Los detalles tallados refuerzan su identidad guerrera. Portan yelmos con plumas, orejeras tubulares, pectorales en forma de mariposa y sandalias decoradas con serpientes emplumadas. También aparecen armas como el átlatl, dardos y cuchillos de piedra. Incluso hoy pueden verse restos de pintura en tonos rojo, amarillo, azul y blanco.
Tula alcanzó su mayor expansión entre los años 900 y 1000 d. C., cuando llegó a ocupar cerca de 16 kilómetros cuadrados. La zona arqueológica actual representa solo una parte de esa antigua ciudad. Espacios como el Palacio Quemado, el Coatepantli y los juegos de pelota ayudan a imaginar la vida urbana tolteca.
La ubicación de Tula fue muy importante para su crecimiento. Desde ahí se controlaron rutas comerciales y el intercambio de materiales como obsidiana y turquesa. El asentamiento surgió tras el declive de Teotihuacán y tomó fuerza durante el Posclásico Temprano. Con el tiempo, conflictos internos y presiones externas marcaron el final de su hegemonía.
Costos y cómo llegar a la zona arqueológica de Tula
Para visitar la zona arqueológica de Tula, el acceso más común es por la autopista 57, con desvío hacia Tula de Allende a la altura del kilómetro 77. Desde el centro de la ciudad salen transportes colectivos con rumbo a Actopan, Iturbe o Santa Ana que dejan cerca de la entrada. El sitio abre de lunes a domingo de 9:00 a 18:00 horas, con último acceso a las 16:30. El costo general es de 210 pesos, mientras que nacionales y residentes en México pagan 105 pesos.