ASOMBROSO

Este extraño pueblo en Japón está dentro de un volcán

Aogashima alberga 200 personas dentro de una doble caldera volcánica

Rareza natural.Entre 1781 y 1785, la Gran Erupción de Tenmei mató a casi la mitad de sus 300 habitantes.Créditos: Redes.
Escrito en DESTINOS el

A más de 350 kilómetros al sur de Tokio, existe un lugar donde la tierra respira, silba y cocina. No es una metáfora: en esta isla remota el vapor emerge del suelo con tal intensidad que se puede freír un huevo sobre una grieta volcánica. Allí, en medio del Pacífico, un pequeño pueblo vive dentro de un cráter activo, abrazando el calor que brota del corazón del planeta como si fuera parte de la rutina doméstica.

Se trata de Aogashima, una diminuta isla del archipiélago de Izu que administrativamente pertenece a Tokio. Su singularidad no radica solo en su aislamiento, sino en su geografía extrema: es una matrioska geológica, una doble caldera volcánica donde, dentro de un enorme cráter llamado Ikenosawa, se levanta otro cono interior, Maruyama, que aún conserva actividad. Y alrededor de él viven apenas 170 a 200 habitantes.

Aogashima: vivir dentro de una doble caldera volcánica

Aogashima ocupa apenas nueve kilómetros cuadrados formados por fragmentos volcánicos de antiguas calderas submarinas. El resultado es un anfiteatro natural de paredes escarpadas y roca oscura que encierra un paisaje verde intenso. Las casas se distribuyen siguiendo las curvas del terreno, como si respetaran el pulso de la montaña.

Sin contaminación lumínica, Aogashima ofrece vistas privilegiadas de la Vía Láctea/Foto: Redes.

El volcán no es una postal inofensiva. Entre 1781 y 1785, durante la llamada Gran Erupción de Tenmei, la isla sufrió un episodio devastador que mató a casi la mitad de sus entonces 300 habitantes. Los sobrevivientes huyeron hacia la vecina Hachijojima y permanecieron allí durante medio siglo. En 1835, sus descendientes regresaron para reconstruir el asentamiento, en un gesto que hoy define el carácter resiliente de la comunidad.

Actualmente, la vida cotidiana gira en torno al calor geotérmico. Muchas viviendas cuentan con calderas naturales que utilizan el vapor del subsuelo para calentar agua sin combustibles fósiles. Existen cocinas comunitarias instaladas sobre respiraderos volcánicos —conocidos localmente como hingya— donde los vecinos colocan ollas con huevos, papas, pescado o vegetales que se cocinan lentamente bajo un aroma mineral imposible de replicar.

Las saunas comunales, como las populares Fureai, funcionan gracias al mismo principio: no hay sistemas eléctricos sofisticados, solo el aliento constante del volcán elevando la temperatura hasta ese límite difuso entre lo extremo y lo placentero.

La isla donde el turismo depende del clima y la fe

Llegar a Aogashima es casi un acto de perseverancia. Desde Hachijojima se puede tomar un helicóptero de nueve plazas —conocido como Tokyo Island Shuttle— que realiza un vuelo diario de 20 minutos, siempre que el clima lo permita. La alternativa marítima es el ferry Aogashira Maru, que tarda alrededor de tres horas y realiza cuatro o cinco viajes semanales. Sin embargo, el pequeño puerto de la isla es tan vulnerable al oleaje que muchas travesías se cancelan. Los habitantes lo llaman, con humor resignado, “la lotería del mar”.

Ese aislamiento ha forjado una economía pequeña pero singular. Una de sus industrias más apreciadas es la producción de sal hingya, elaborada evaporando agua de mar rica en minerales mediante el calor volcánico. También destaca el aochu, un licor local de batata con 25 por ciento de graduación alcohólica que rara vez sale de la isla y que se sirve en sus tres bares.

La gastronomía refleja autosuficiencia: pescado fresco, shima-zushi marinado en soja con chile, ashitaba en tempura y platos preparados literalmente sobre el suelo caliente. Incluso el paisaje nocturno se convierte en atractivo. Libre de contaminación lumínica, la isla ofrece una vista nítida de la Vía Láctea, especialmente en agosto, cuando las Perseidas atraen a visitantes dispuestos a soportar las limitaciones logísticas.

El acceso depende del clima: un helicóptero de nueve plazas o el ferry Aogashira Maru/Foto: From Tokyo Oficial.

A pesar de su apariencia de paraíso aislado —con calles asfaltadas, escuela, oficina de correos y casas de huéspedes que deben reservarse con meses de anticipación— Aogashima es, en esencia, una comunidad asentada sobre una bomba de tiempo geológica. Sus habitantes lo saben. “Nadie puede controlar la naturaleza”, repiten.

En esta isla imposible, el hedonismo no es frivolidad sino filosofía: aprovechar el calor del planeta mientras dure. Porque aquí, dentro de un volcán activo, cada día es una lección de fragilidad y resistencia frente al poder indomable de la tierra.