En el horizonte del centro de México hay una silueta que impone respeto incluso a la distancia. Cuando el cielo está despejado, su cumbre nevada parece flotar sobre las nubes. Se trata del Pico de Orizaba, la montaña más alta del país y el volcán más elevado de Norteamérica, con 5 mil 610 metros sobre el nivel del mar. Pero más allá de su altura, el llamado Citlaltépetl protaginiza una leyenda poco conocida.
En tiempos prehispánicos, este coloso fue algo más que un accidente geográfico. Para distintas culturas mesoamericanas representó un punto de conexión entre la tierra y el cielo. Su nombre en náhuatl, Citlaltépetl, significa “Monte de la estrella”, y está ligado a una de las figuras más complejas y fascinantes del mundo antiguo: Quetzalcóatl.
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El mito de Quetzalcóatl y el Pico de Orizaba
Quetzalcóatl, cuyo nombre significa “serpiente emplumada”, fue venerado por pueblos como mexicas y toltecas. Se le asociaba con el viento, la sabiduría, la fertilidad y las artes. Las crónicas lo describen como un gobernante justo que enseñó agricultura, astronomía, escritura y orfebrería. También fue uno de los pocos dioses que, según la tradición, se oponía a los sacrificios humanos, pues buscaba un reinado basado en la armonía.
Esa postura lo enfrentó con los seguidores de Tezcatlipoca, conocido como “Espejo negro que humea”, considerado su antagonista. De acuerdo con la leyenda, sus adversarios lo engañaron y lo embriagaron, provocando que rompiera su celibato. Avergonzado por lo ocurrido, decidió abandonar su reino y partir al exilio, no sin antes prometer que regresaría.
El relato cuenta que salió de Tula, cruzó el altiplano y pasó por Coatepec hasta llegar al Cerro de las Culebras, desde donde se aprecia la imponente figura del Citlaltépetl. Allí se despidió de sus discípulos y les anunció que seguiría solo. Les aseguró que “volvería cuando el quinto sol se dejará ver en el horizonte”.
Ante la pregunta de cómo sabrían que ese momento había llegado, respondió: “les voy a dejar una señal”. Entonces, según la tradición oral, hizo unos ademanes y el Citlaltépetl entró en erupción. La columna de fuego se elevó hasta unirse con la estrella Citlali, es decir, Venus, que comenzó a brillar con mayor intensidad.
“Observen esa estrella, de hoy en adelante se llamará Tlahuixcalpantlecutli”, es decir, “Señor que anuncia la venida del Sol”.
Pico de Orizaba: leyenda de cenizas y una estrella
El final de Quetzalcóatl varía según la versión, la más popular afirma que el dios murió en Coatzacoalcos, donde fue envuelto en finos ropajes y colocado en una urna de oro. Sus restos fueron trasladados al punto más alto de la montaña —la llamada Montaña Ardiente— y consumidos por el fuego.
Las cenizas, dice la narración, se elevaron formando una nube tan densa que el cielo quedó cubierto durante cuatro días. Después, una estrella apareció sobre las cumbres blancas del volcán. Para muchos, se trató de la apoteosis de Quetzalcóatl, quien alcanzaba así la inmortalidad.
Otras versiones sostienen que simplemente se internó mar adentro y que, desde el horizonte, surgió una estrella brillante que cruzó el firmamento hasta posarse sobre el Citlaltépetl. En cualquier caso, la tradición coincide en que Venus —visible al amanecer y al atardecer— mantiene un vínculo simbólico con la montaña.
Más allá del mito, el Citlaltépetl es hoy un referente natural y cultural. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) ha determinado que la mayor parte del volcán se ubica en el estado de Puebla, aunque también comparte territorio con Veracruz. Su antiguo nombre, Poyautécatl, significaba “el que está donde adelgaza la neblina”, una imagen que aún describe su cima cubierta de bruma.