Se acerca el Día del Niño y, si este año te apetece buscar algo distinto a las pantallas, las apps o los dispositivos que tenemos presentes a todas horas, todavía quedan lugares en la Ciudad de México donde se juega con las manos. En la colonia Roma, el Taller Tlamaxcalli mantiene viva una forma muy especial de ser niño: esa que disfruta de la madera, el cartón, la pintura y la pura imaginación, sin necesidad de tanta tecnología.
Entrar al taller del que te voy a contar hoy es como dar un paso a otros tiempos, menos digitales. Entre virutas, pinceles y piezas en distintas etapas de creación, el tiempo parece acomodarse de otra manera. Ahí no hay producción en serie ni urgencia por terminar rápido, sino un proceso que respeta cada paso, desde la idea hasta el último trazo de color. Esa pausa forma parte esencial de lo que se busca conservar.
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¿Desde cuándo existe el Taller Tlamaxcalli y qué lo hace único?
La historia del espacio se remonta a 1968, cuando artistas vinculados a la escuela La Esmeralda comenzaron a experimentar con cartonería y juguetes. Con los años, el proyecto fue tomando una dirección más definida hasta ser un taller especializado en juguetería tradicional. En ese recorrido, el lugar se transformó en una especie de archivo vivo donde conviven técnicas, memorias y formas de juego que ya no son tan comunes en la ciudad.
Hoy, el taller está sostenido por el trabajo conjunto de artistas como Silvia de la Rosa, Álvaro Santillán y Laura de la Rosa. Esa dinámica compartida hace que cada juguete pase por varias manos y decisiones antes de llegar a su forma final; además de mostrar la importancia del trabajo colectivo.
De ese proceso surgen trompos, baleros, matracas, camiones de madera, marionetas y figuras que unen lo popular con lo fantástico. Algunos evocan personajes de la cultura mexicana, otros se acercan a mundos más libres, pero todos comparten una misma lógica: están pensados para el juego, el uso constante y también el desgaste. La fragilidad no es un defecto, sino parte de su sentido.
El propio enfoque del taller rompe con la idea de que los objetos deben ser eternos. Estos juguetes están hechos para vivir en movimiento, para ser tocados, usados y transformados por la experiencia de quien los recibe. Su valor no está en conservarse intactos, sino en lo que generan mientras forman parte de la infancia.
En una zona donde predominan oficinas, cafeterías y negocios modernos, sostener un oficio así implica insistir contra la corriente. La producción industrial ocupa gran parte del mercado, pero este espacio responde con otra lógica: piezas únicas, irrepetibles, cargadas de identidad. Cada juguete funciona como una pequeña narración material, donde se cruzan memoria, oficio y cultura.
¿Qué se puede hacer en el Taller Tlamaxcalli y cómo visitarlo?
Además de la creación de piezas, el taller abre sus puertas a actividades donde el público puede participar del proceso. Pintar, armar o modelar permite entender desde dentro cómo nace cada objeto. Esa experiencia te altera para siempre la mirada: lo que antes era solo un juguete terminado, pasa a ser el resultado de un trabajo paciente y colectivo.
Visitar el Taller Tlamaxcalli es encontrarse con un lugar donde la infancia vuelve a su mayor tesoro: la imaginación. Entre madera, cartón y color, se mantiene una forma de creación que resiste el paso del tiempo sin la necesidad de adaptarse a la velocidad del afuera. En cada pieza hay una intención de que el juego siga siendo algo hecho con las manos.
Para este 30 de abril, si no sabes qué regalarle a tu pequeña o pequeño, regálale un paseo que no olvidará y luego pueden contribuir al taller comprando alguno de sus juguetes; y si te gana la nostalgia, ¿por qué no comprar también uno para ti?