Aunque no lo creas, las tortugas también pueden volar… y en primera clase. Quédate para descubrir esta tierna historia que tuvo lugar en el Reino Unido: El 9 de enero, la Tormenta Goretti golpeó el Canal de la Mancha con ráfagas de hasta 177 kilómetros por hora. Canceló rutas, agitó puertos y dejó escenas difíciles de procesar en la costa. Cuando el viento por fin cedió, la marea devolvió algo inesperado a la isla de Jersey: una tortuga caguama, fuera de sitio y fuera de temperatura. Las corrientes la habían empujado cientos de millas lejos de las aguas templadas que necesita para sobrevivir.
La encontraron casi inmóvil sobre la arena húmeda. Las tortugas caguama rara vez aparecen en esa zona y menos en pleno invierno. Su cuerpo estaba frío, el pulso lento, la reacción mínima. El diagnóstico fue que se trataba de un aturdimiento por frío, un colapso provocado por el descenso brusco de la temperatura del agua. A eso se sumaba desnutrición y señales de agotamiento extremo tras horas —quizá días— luchando contra el oleaje.
Te podría interesar
La bautizaron Crush, como un guiño a la película Buscando a Nemo y fue trasladada al Hospital Veterinario New Era, en St Saviour, donde el equipo liderado por el veterinario Peter Haworth la instaló en un tanque con agua de mar climatizada. Cada grado ganado importaba.
Las pruebas revelaron otro problema: tenía el esófago cargado de arena, probablemente ingerida mientras intentaba orientarse entre corrientes violentas. Retiraron el material para evitar obstrucciones y comenzaron una alimentación controlada. Empresas locales aportaron insumos y alimento; la recuperación se volvió un esfuerzo compartido. Durante varios días, el avance fue lento pero constante.
El viaje en primera clase de la tortuga Crush rumbo a su recuperación
El hospital, sin embargo, no estaba preparado para una rehabilitación prolongada. Crush necesitaba espacio para nadar, fortalecer músculos y recuperar reflejos. El traslado en ferry parecía la opción obvia, pero las vibraciones y el tiempo de trayecto podían jugar en contra. Mover a un animal en ese estado exigía precisión.
Una inesperada alternativa llegó: La aerolínea regional Loganair autorizó un permiso excepcional para que viajara en cabina en un vuelo regular hacia Southampton. Antes del despegue, cubrieron su piel para evitar deshidratación y la colocaron en una caja adaptada, con supervisión constante. ¿Imaginas compartir tu vuelo con una tierna tortuga?
Al aterrizar, el traslado continuó por carretera hasta Sea Life Weymouth, en Dorset, un centro con experiencia en tortugas. Allí la recibieron en un tanque de cuarentena, bajo cuidado constante. El cambio no tardó en notarse; volvió a mover sus aletas con más fuerza, recorrió el espacio con curiosidad y reaccionó a cada estímulo, como si recuperara poco a poco la confianza y el impulso de seguir adelante.
De la playa al avión y de regreso al océano: la historia de Crush
Ahora sigue un plan de alimentación específico para recuperar peso y fuerza en las aletas. Compartirá espacio con otra tortuga que atravesó una situación similar durante el invierno. Los cuidadores evalúan su capacidad para nadar y alimentarse por sí misma, pasos indispensables antes de pensar en la liberación.
Si la evolución se mantiene, en primavera regresará al Atlántico. No como la náufraga que apareció tras una tormenta, sino como una sobreviviente que cruzó mar y cielo gracias a una cadena de decisiones desinteresadas. De una playa azotada por el viento a un asiento en primera clase, y de allí, otra vez, al océano.